Capilla del Cementerio de San Blas

 

«...Prohibidos los enterramientos en los templos, iniciado el siglo XIX, los canónigos de la Colegiata alicantina acondicionaron este hoy ruinoso cementerio, risueña necrópolis, entonces con mucha luz, frondosos cipreses y lujosos mausoleos… El tiempo, que todo lo destroza, hasta la propia casa de los muertos, lo ha clausurado, dejando sólo el silencio en triste abandono. Las paredes que sostienen los grupos de nichos, ceden, los techos se agrietan, rotas están las cruces y las hierbas cubren el suelo... Pero no importa, porque algo inmortal aquí se alberga, y es el conjunto de sepulcros, humildes los más, de grandes alicantinos...

 

Apenas penetramos en él, vislumbramos, muy elevado, un ángel de piedra blanca, señalando al cielo. Parece que pregona esta sentencia bíblica escrita a sus pies: No mires con desprecio mi alma, ni la de éstos que están conmigo, y en el fondo, en la calle de San Nicolás, lo que fue capilla de la necrópolis y panteón eclesiástico, con la inscripción: Beati mortui, qui in Domino moriuntur, (Bienaventurados los que mueren en el Señor). Su pequeña espadaña sostenía un cimbalillo, que llamaba, cuando el crepúsculo, al rezo del rosario, que dirigía el capellán.

 

De trecho en trecho se dejan ver suntuosos mausoleos. Son éstos las tumbas de los ricos… En la calle de San Nicolás sobre mausoleo de piedra carcomida se lee apocalíptica sentencia: Vita hominis transit ut umbra, y más allá en lápida señorial arrumbada: Vanitas Vanitatum, y a continuación un texto de San Cipriano: No lo busquéis / entre los muertos vive. Estas inscripciones nos hablan del ascetismo del Alicante que pasó.

 

En la mencionada calle de Santa Teresa, la de más años, parece que se dio cita funeraria la nobleza alicantina. Allí desde 1815 está Doña Antonia de la Cerda, Condesa de Oñate, Marquesa de Montealegre y Duquesa de Nájera; allí desde 1833, Don José de Rojas Pérez de Sarrió, Conde de Casa Rojas. Allí desde 1826, Don Félix Berenguer de Marquina, Teniente General de la Real Armada, Capitán General y Gobernador de Filipinas y Virrey de Nueva España, y allí también desde 1886, Don Ignacio Pérez de Sereix y Palavicino, Marqués de Algorfa y Señor de Formentera. Una excepción: lejos de aquí y en fosa común desde 1828 yace Don José Roca de Togores, Conde de Pino Hermoso, Brigadier de los Ejércitos Nacionales y Comandante General de la Provincia de Alicante en el día de su óbito. Sobre tan humilde tumba, por voluntad del finado, sólo aparece una modesta columna de piedra, cuyo remate sirve de pedestal a una cruz de hierro, sin inscripción alguna.

 

Y, diseminados por entre las diversas calles funerarias de San Nicolás, casi en ruinas; de la Virgen de los Remedios, mejor conservada; de San José, en lamentable descuido, del Santísimo Cristo y otras, se encontraban los sepulcros de aquellas figuras alicantinas que dejaron tras sí ráfagas históricas para su pueblo. Cronológicamente: las de Don Bartolomé Arques, político, 1826; Don Emilio Jover, el arquitecto que trazó las líneas del nuevo Alicante y levantó el teatro Principal, 1854; Don Manuel Carreras Amérigo, rico político que murió pobre en 1855; Don Miguel Crevea, músico de 27 años, que nos legó el miserere alicantino, 1864; Don Eugenio Barrigón, militar y Gobernador de Alicante, 1878; Marta Barrie, fundadora del Asilo del Remedio, 1885; Don Juan Vila y Blanco, literato, cronista de la provincia, 1886; Don José M.ª. Muñoz, el ángel de Caridad, 1890; Don Manuel Ausó y Monzó, médico y primer catedrático de Historia Natural del Instituto, 1891 y Don Aureliano Ibarra Manzoni, historiador y literato, 1891.

 

Caídos en este siglo XX pero de aquella pléyade, son: Lorenzo Casanova, pintor, 1900; Don Rafael Terol Maluenda, alcalde, 1902; Don Rafael Campos Vassallo, catedrático y literato, 1902; Don Enrique Ferré Vidiella, catedrático y periodista, 1903 y Don José Guardiola Picó, el arquitecto de la plaza de toros, Asilo del Remedio y campanario de San Nicolás, 1909.

 

Y sin fecha de defunción, allí están las no menos famosas de Don Francisco Just, ciego de gran visión; Don José Forner y Pascual del Pobil, Barón de Finestrat, el alcalde de las mejoras alicantinas; Pepe Guijarro, periodista y Paco Santonja, el aventurero inquieto.

 

¡Cómo perturban al espíritu el recuerdo de tantas glorias extinguidas!; enumerarlas todas sería como escribir una crónica alicantina de alta sociedad ochocentista; no obstante citaremos para terminar esta relación dos nombres más, caldeados por el sol inmortal de las glorias: el del gran historiador y literato Don Nicolás Camilo Jover, que falleció en 1881 y está escrito en el nicho n.° 66 de la calle de Sta. María, frente al panteón del prócer Don Alejandro Harmsen, y el de Don José Soler y Sánchez. Sus restos descansan, desde 1908, en un piadoso mausoleo creación insuperable de Rafael Ibáñez, cuya magnificencia parece agrandada por la influencia magnética de aquel alcalde alicantino que admirablemente compaginó la alcaldía con la famosa farmacia de los Soler, y su cátedra de Química en el Instituto.

 

Pasemos adelante; entremos en el patio que procedía al campo de fosas comunes, y en él se leen a más de epitafios vulgares, otros con sentimientos sinceros, gritos de dolor: Rueguen a Dios por quien aquí dentro yace; Rogad por la que vivió como una mártir y murió como una santa. Existían también aquí algunas inscripciones relámpagos: Luis, 16 de agosto 1841. R.I.P.; A mi madre R.I.P.

 

Multitud de lápidas blancas menudean por todo el recinto sagrado con candorosos conceptos, sólo de una madre dolorida. Son tumbas de niños. Un grito maternal es aquella inscripción: Pepito, ¡Angel mío! y otro conmovedor aquel de: ¡Hijo del alma, que pronto nos dejaste!.

 

Y en los panteones de familia, algunos epígrafes eran como de una prolongación del hogar: Adiós, Conchita, hija del alma; Adiós, abuelita. Y los inadecuados: Hasta luego, y Aquí te espero...». (1)

 

«...El Cementerio de esta Ciudad… reclamaba una Capilla para velar a los muertos. Proveyendo á esta necesidad la Sra. Doña Maria del Rosario Bismanos, dejó en su testamento la suma que se necesitaba para fabricar una ermita, cuyas obras se hicieron en 1832, siendo Obispo de Orihuela D. Félix Herrero Valverde, quien mandó bendecirla según el Ritual Católico... El Santuario se eleva en el centro de la fachada S. del Campo Santo; es bastante capaz, tiene Sacristía, un cuarto para el depósito de los cadáveres, y un altar en donde se celebra la Misa y se venera una imagen de talla que representa á Jesús Crucificado...». (2)

 

«...Para la construcción de un cementerio, el Cabildo de San Nicolás compró el 10 de enero de 1803 al conde de Soto-Ameno un terreno situado en la partida rural de San Blas, en la vertiente occidental del monte Tosal y con una pequeña estribación en el lado Sur que lo protegía de los vientos.

 

Aprobados los planos por el obispo en febrero de 1804, se levantaron cercas y una casa de un piso para el capellán y el conserje... situada fuera del recinto, con un gasto de 90,198 reales. El resto de las obras no fueron terminadas hasta 1806 aunque el camposanto fue bendecido e inaugurado el 14 de julio de 1805, siendo el primer cadáver enterrado el de Bernarda Lledó, viuda de Antonio Izquierdo. Tenía este cementerio una extensión de 6.294 metros cuadrados y estaba bordeado por una tapia de 2,50 metros de altura. En la pared Sur fueron construidos los primeros nichos de mampostería, algunos en propiedad y otros para ser alquilados.

 

Con el dinero que María del Rosario Bismanos dejó consignado en su testamento, en 1852 se levantó en el centro de la fachada Sur una capilla con sacristía y depósito de cadáveres, que fue inaugurada por Francisco Penalva, abad de la colegiata. Entre 1864 y 1865 se plantaron frente al cementerio terebintos y cipreses. Y el 8 de agosto de 1867 el Cabildo de San Nicolás adquirió por 650 escudos diez tahúllas lindantes por el Oeste y el Sur, propiedad de Josefa Escorcia y Pascual del Pobil, condesa de Soto-Ameno, para ampliar el cementerio.

 

Tras la revolución de septiembre de 1868, el cementerio pasó a depender del Ayuntamiento, que ordenó levantar unas tapias al Oeste con objeto de ensancharlo. Pero en septiembre de 1869 las obras de ampliación fueron suspendidas por la proximidad de la ciudad y porque el terreno era sumamente peñascoso.

 

El Cabildo de San Nicolás recuperó la propiedad del cementerio el 17 de marzo de 1875 y un año después encargó al maestro de obras Vicente Pérez que lo ensanchara por la ladera Oeste del Tosal, aprovechando las tapias que el Ayuntamiento había ordenado construir. En 1885, el cementerio tenía una extensión de 8,626 metros cuadrados.

 

En 1894 había dos salas mortuorias y otra para realizar autopsias, y, debido al crecimiento de la ciudad, se hallaba el cementerio a tan solo 300 metros del barrio de Santo Domingo y a 800 de la calle de Maisonnave, siendo la distancia mínima permitida (real orden de 17-2-1866) la de 2,000 metros. Dos terceras partes de su extensión estaban destinadas a propiedad particular y el resto para fosas comunes, que ya estaban repletas. De grandes dimensiones al principio, estas fosas fueron reduciendo su volumen con el paso del tiempo, primero para seis u ocho cadáveres, luego para dos o tres y, por último, para uno.

 

En 1918 fue inaugurado el cementerio de la Virgen del Remedio y el 17 de julio de 1931 fue clausurado el de San Blas. Durante años, muchos de los restos que había en éste fueron trasladados al nuevo. Otros muchos fueron depositados en una gran cripta, construida en la parroquia de San Blas…

 

Poco a poco, el viejo camposanto fue quedando sepultado bajo los nuevos edificios que fueron construyéndose en el barrio de San Blas durante la segunda mitad del siglo XX.

 

Separado del cementerio de San Blas tan solo por una tapia, se encontraba otro en el que fueron enterrados quienes no profesaban el catolicismo, llamado Neutro, propiedad también del Cabildo de San Nicolás. Tenía unos dos mil metros cuadrados y fue también clausurado el 17 de julio de 1931.

 

Y también junto a los cementerios católico y neutro de San Blas, había otro donde eran enterrados los protestantes, conocido como Inglés, por haber sido comprado el terreno que ocupaba (tahúlla y media) por el cónsul inglés, Benjamín Barrie, a la condesa de Soto-Ameno el 27 de mayo de 1854. El último entierro se efectuó el 13 de febrero de 1930...». (3)

 

(1) Gonzalo Vidal Tur. Pbro. Alicante: Sus calles antiguas y modernas. Alicante, 1974

(2) Rafael Viravens y Pastor. Crónica de la Muy Ilustre y Siempre Fiel Ciudad de Alicante. Alicante, 1876.

(3) www.gerardomunoz.com. Diario Información. Lunes 2 de noviembre de 2015.

 

 

Francisco Sánchez. Archivo Municipal de Alicante, 1947

 

 

Rafael Viravens y Pastor. Crónica de la muy ilustre y siempre fiel ciudad de Alicante.

 

Foto: Hermanos García. Archivo Municipal de Alicante, febrero 1959.

 

Última actualización: 03/06/2020

 

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